Su cuerpo, aún húmedo, dejaba caer pequeñas gotas de agua que resbalaban hasta la toalla atada a su cintura, la cual al instante se quitó, y comenzó a secar su piel desnuda. La imagen ante mis ojos trajo memorias que prefería mantener aisladas. Sin decir nada, ambos nos sentamos en un extremo de la cama mientras él se secaba el cabello. Cerré los ojos esperando que el tiempo se detuviera o desapareciera, que su presencia junto a la mía se transformara en una. Lo único que veía en la oscuridad de mis pensamientos era lo que estaba a punto de pasar. Su mano, que masajeaba mi cuello, tuvo un doble efecto tranquilizante al tacto. Por un lado, me olvidé de todo, y, por otro, una sensación electrificaba y hacía funcionar mi cuerpo de manera distinta. No quería abrir los ojos porque no tendría defensa ante lo que vería. Su respiración se acercó y se mezcló con la mía, cálida y estremecedora. Abrí mi boca al sentir sus labios sobre los míos, y el sol dentro de mí que él había creado destella...