Cuando alguien daña una parte de ti, cuando te empujan más hacia la oscuridad y los lobos que acechan intentan enterrarte en el viejo cementerio, ese donde descansan los recuerdos ominosos de tu pasado, el fuego en que te inmolas no te vuelve ceniza, como una condena que no has pagado, así que te entierran entre gruñidos y colmillos que no matan, que no se clavan en la carne, pero si destruyen lo que eres, lo que te hace ser y lo que quieres ser. Bajo tierra no ardes, no hay fuego ni hay luz, tampoco oscuridad que se sacrifique por la luna para hacerla brillar, solo opresión, solo el olvido de estar abajo sin lágrimas que humedezcan la tierra donde, tras el abismo, te encuentras. Si queda fuerza, si arañas lo suficiente y respiras de nuevo, ahí sobre la superficie, aprendiendo a caminar entumecido con letargo en tus pasos, el escapar llega como una forma conocida al tacto en la oscuridad, y mientras te aferras a ello tratando de encontrar tu camino a casa, te preguntas.....